miércoles, febrero 09, 2005

Día del Periodista

La gente en Colombia no lee, no porque no le guste leer, sino porque no hay que leer. Lo que se produce en nuestros medio no motiva a la lectura
Mauricio Vargas

Uno de los grandes errores que ha cometido el sistema educativo colombiano es el de asumir una actitud pasiva frente a la problemática de la formación profesional, y eso no es ajeno a la formación de periodistas y comunicadores.

Si bien es cierto que la Ley 30 de 1992, que enmarca de manera general la educación en Colombia, es una guía, no se puede negar que su carácter de generalidad ha traído consecuencias poco favorables para el sistema educativo colombiano. La interpretación de Ella, desde una óptica mercantilista, ha permitido el surgimiento de nuevos emprendedores que ven en la educación la nueva empresa del siglo XXI, repercutiendo indiscutiblemente en la calidad de los profesionales que hoy estamos formando.

La promoción automática, modalidad asumida por el sistema educativo en sus ciclos de formación básica primaria y secundaria, ha rebanado de un tajo la posibilidad de imponerse retos a sí mismo. ¿Para qué matarse estudiando todo el año si al final puede aprobarse con unas pocas semanas de clases dirigidas y evaluaciones supletorias?

Este y otros factores afectan sin distinción alguna a todos los programas de formación básica y han influido también en la formación profesional de periodistas y comunicadores.

La Comunicación y el Periodismo dejaron de ser una pasión por el ejercicio de un compromiso social y pasaron a convertirse en la posibilidad de escudarse de las falencias de un sistema educativo en decadencia. La formación de periodistas y comunicadores se ha limitado a instruir metodológicamente dando a conocer las técnicas de redacción y dejó de extendernos la invitación a entender o investigar sobre una realidad que nos atropella día a día.

La investigación pasó de ser base y fuente de inspiración del conocimiento a convertirse en una tediosa tarea de transcribir textualmente lo expresado por las fuentes y en el peor de los casos, lo dicho por otros colegas o lo consignado en los libros, sin el más mínimo respeto por quienes detrás de un trozo de papel o frente a una radio o un televisor, nos conciben como único punto de referencia y contacto con el mundo.

Pero esta culpa no es exclusivamente del sistema o de las instituciones que asumen el reto de formarnos, también debemos aceptar gran parte de la responsabilidad.

No basta con asistir a la universidad esperando obtener un título profesional, hay que vivirlo, sentirlo y comprometerse en la tarea de merecerlo. Hace falta mucho más que sentarse en una sala a las seis de la mañana ansiando que transcurran los primeros quince minutos sin que se tenga noticia de un tutor - que convertimos en policía -, para evadir un compromiso que en nuestro país se convirtió en privilegio. Requerimos más que suplicar por una semana adicional para terminar con un trabajo que aún no hemos empezado. Necesitamos tolerar pacientemente a compañeros que se atreven a hacer preguntas que una vez resueltas nos ayudan a resolver nuestras propias inquietudes. Precisamos de una actitud más férrea frente a nuestra propia formación y la de nuestros futuros colegas.

Un nuevo reto
Aún sordos por el estallido de un fenómeno cuya magnitud nos asombra y al que abordamos tímidamente por todos los extremos, el periodismo ha encontrado una senda que bien puede marcar la diferencia entre los periodistas del siglo XX y los de siglo XXI.

Leímos la prensa revolucionaria, nos maravillamos con las crónicas impregnadas de realismo mágico, fuimos testigos del auge de la prensa alternativa, nos cansamos del discurso político desde la Presidencia y rechazamos sin reparo los intereses de convertir los medios de comunicación en vitrinas saturadas de cremas y utensilios de cocina pero, ¿qué sigue?

¿Reinventar la revolución acaso? ¿Pasar del realismo mágico al surrealismo absurdo? ¿Olvidarnos de ocho mil procesos y otros más? o ¿Sucumbir ante la falta de creatividad que nos condena a postrarnos frente a una cámara a leer anuncios clasificados en un horario triple A?

Definitivamente no.
La apuesta debe ser por producir más y mejores contenidos para nuestros lectores, televidentes y radioescuchas; retomar las raíces de la investigación; dudar de nosotros mismos; ser concientes de la importancia que implica nuestro rol en la sociedad; asumir responsablemente las tarea de informar, entretener y educar y sobre todo, ejercer con humildad el papel de mediadores que nos fue encomendado.

¡Feliz Día Colegas!
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