martes, marzo 07, 2006

Historias de barrio ( Parte I )

Zuleta(*)
La tarde de aquel opaco domingo no contuve mi curiosidad y así, un corto viaje que inicialmente tenía previsto para despejar mis sentidos después de una noche atareada de estridencias, marcó el comienzo de un recorrido por vidas paralelas ricas en historias.

Los Zuleta son de dos clases”, advertía sin reparos la voz chillona de doña Amparo a su hija Rocío mientras Carlos, su esposo, asentía con sutil vehemencia a cada una de sus frases desde la silla de enfrente.

Si, están los Zuleta como el señor del puesto de frutas y verduras de la plaza de mercado, a quien le hemos comprado nuestras provisiones por más de 10 años y los Zuleta como el vecino de la casa de atrás que una noche, sin que nadie lo esperara, fue llevado preso por la policía acusado de violar a su propia hija de tan solo ocho años”.

Y aunque era apenas uno de los relatos que se conocía de este vecindario, no bastaría con recorrer sus empinadas y extensas calles haciendo preguntas a los parroquianos para entender a ciencia cierta los mundos paralelos que transcurrían de puertas para adentro.

El doctor Zuleta, como el mismo hacía llamarse, había ejercido por años la labor de “asesoría jurídica especializada”, único fruto cosechado de su paso por la Facultad de Derecho de la Universidad Central a lo largo de cuatro tortuosos años, en la época más febril de su juventud.

El día de su comparecencia ante un Juez Penal, Zuleta renunció al derecho de contar con un defensor de oficio y asumió su propia defensa argumentando que nadie como él conocía las leyes de éste país, de las cuales se había servido en ocasiones y a las que según sus propias palabras, había respetado como el que más.

La menuda figura de Zuleta era la demostración excelsa del mal gusto por lo vistoso de sus atavíos.

En su recorrido por el pasillo central del salón del juzgado, dejando los ojos un poco entre abiertos, podía verse como su blanco calzado trazaba lo que parecía una línea de tiza sobre el piso. Pero al abrirlos completamente, lo carmesí de un traje de seda destellaba sobre una pesada camisa negra de algodón y contrastaba con una corbata que, como penacho, hacía juego con sus zapatos y calcetines. Su pelo recorría de lado a lado la ya despoblada cabeza, como olas en mar embravecido contra una playa desolada en la que la espuma abunda, como abundaban sus canas.

Pero lo que sin lugar a dudas más llamó la atención de los presentes eran sus lentes, calcados de algún boceto inédito de Burton. Unos gruesos cristales verdes contorneados por sendas piezas de plástico marrón con vestigios de pegante industrial en los bordes y dos clips de papel que servían de tornillos para sujetarlas.

Súbitamente, una hilarante voz rompió el silencio de los presentes...


Continuará...


(*) Los nombres y apellidos de los personajes que intervienen en esta historia son producto de mi imaginación.
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