viernes, junio 10, 2005

Démonos líbremente nuestro propio gobierno

Alguna vez escuche, en una de tantas charlas, reuniones o encuentros llevados a cabo como fruto del azar, una disertación básica más no por ello poco interesante, sobre proceso de construcción del inconsciente colectivo.

Palabras más, palabras menos, el discurso (del que no recuerdo el orador, el momento ni el lugar en el que tuve la oportunidad de escucharlo) hacia alusión a que los actos se convierten inexorablemente en hábitos o costumbres, los cuales se integran a la cultura y terminan contribuyendo a lo que puede denominarse como el inconsciente colectivo de un grupo o sociedad. Si mi memoria no me falla, el ejemplo que ilustraba este argumento era el siguiente:

Si un individuo cualquiera arroja una basura al piso (acto), y al hacerlo no es amonestado, encuentra que esta conducta puede repetirse sin problema alguno (convirtiéndose en hábito o costumbre).

Ahora bien, pensemos en ese individuo como un padre de familia al que sus hijos observan acometer dicha acción de forma natural y frente a lo que su bien ponderado progenitor no recibe rechazo alguno. Esos inermes pequeños imitarán a su padre atrincherados en la potestad que les brinda el modelo imitado (sin saberlo, ese padre está introduciendo a los hijos en un modelo cultural).

No se trata de ser trágicos, pero bien valdría pensar en lo que vivan posteriormente los hijos de los hijos de ese hombre al que una ocasión cualquiera se le antojó arrojar basura al piso (bien podría pensarse que la asimilación de una conducta de esas como normal es parte del inconsciente colectivo de ese grupo social llamado familia).

A algunos puede parecer extremista, pero debe tenerse en cuenta que no soy dueño de este relato. Mi única intención es usarlo a modo introductorio en algo que definitivamente es más lastimoso aún: la cultura política colombiana.

Los fenómenos sociales obedecen a leyes dictadas inicialmente de forma consuetudinaria que con el paso del tiempo se establecen como norma y se integran al devenir histórico de las colectividades. El problema es que la clase dirigente colombiana parece haberse olvidado de esto.

En días recientes, en medio de la Trigésima Quinta Asamblea General de la OEA, el gobierno colombiano contó con la participación de nuestra Ministra de Relaciones Exteriores, señora Carolina Barco. Con un escueto discurso, la Canciller colombiana atinaba a decir que “EI caso de Colombia es paradójico”, al referirse a los sistemas democráticos latinoamericanos.

Como bien lo mencionaba la Honorable Ministra, la colombiana es la democracia más vieja de Latinoamérica, pero no por ello la más democráticamente construida y sostenida. Nuestra democracia se ha desarrollado y sustentado gracias a la coacción ideológica, económica y social que ha arrinconado por años a las clases económicas menos favorecidas y a los opositores del gobierno de turno.
Se ha manipulado a los votantes para servir a esquemas doctrinales de unos partidos cada vez más difusos y deslegitimados por la falta de nobleza e ideales de sus dirigentes que, como veleros, han navegado las aguas de los grupos económicos y les han servido a estos a través del poder que conquistan.

Durante las campañas electorales se muestran como estandartes de la sanidad colectiva y salvaguardas del futuro de la nacionalidad colombiana, espectáculo que cuenta con el beneplácito y complicidad de los medios de comunicación que apoyan a unos y otros y que, faltando al principio de neutralidad e imparcialidad, van tomando partido ante los ojos de unos votantes cada vez más descreídos de sus relatos e imágenes.

Basta con hacer un breve repaso a los últimos cuatro presidentes que han regido los destinos de nuestra nación.

Gaviria, llevado al poder por una entrega ciega y emocional de las banderas de un partido que venía fortalecido con los ideales y proyectos planteados por Luis Carlos Galán quien, al ser asesinado, no tuvo peor relevo que el de un gobernante que comprometió la viabilidad agrícola y económica del país para contar con un asiento como líder soterrado de un proyecto de integración económico que ratificó la incapacidad de ejecución y convocatoria de nuestro ex presidente.

Samper, estadista que planteó lo que teóricamente sería la reivindicación del pueblo colombiano con su famoso “Pacto Social”, nunca logró llevar a la práctica este revolucionario modelo de gobierno a causa de su continua defensa en el recordado proceso ocho mil, consecuencia evidente de su vinculación con los líderes del cartel de Cali, evento que terminó por atomizar los ideales liberales tan proclamados en otros años. Sin embargo tuvo el tino de dejar el país en manos de un personaje que raya en lo irrespetuoso, hilarante y errático: Serpa. (del que rogamos no sea necesario hablar como ex presidente más adelante).

Pastrana, un presidente que se anticipó al fenómeno de los realities. Su presidencia pareció la demostración de que los caprichos de un niño económicamente acomodado y con acceso a los medios de comunicación desde las salas de redacción, se podían cumplir. Tristes fueron las escenas en las que, como en los consejos de eliminación, se le vio solo y con los ojos casi llorosos, al inaugurar una mesa de negociación que no sirvió para nada distinto a darle un respiro a los movimientos armados ilegales, situación que terminó justificando al aseverar que con eso se demostró la real intención de la guerrilla colombiana. (valdría recordar también que fue una de las épocas más violentas de la historia reciente de nuestro país y en la que más compatriotas sufrieron la crudeza de un conflicto gradualmente más violento).

Uribe, el incansable, el admirable, el poético, el fuerte, el traidor. Con un discurso que planteaba la lucha contra la corrupción y la politiquería, su desvinculación de las tradicionales corrientes políticas y el desafío a las instituciones recién estrenado como presidente, mostraron a los colombianos la personalidad de un mandatario de verdad. Sin embargo da lástima ver como los ideales han sido granjeados por favores políticos y ese carácter fuerte y aguerrido de nuestro actual presidente se fragmenta con las salidas en falso para atacar con un tono y lenguaje agresivos los cuestionamientos hechos por sus predecesores en relación con un tema tan sensible como lo es su relación pasada con las autodefensas en la campaña presidencial de 2002 y los nexos de su familia con el narcotráfico: las preferencias hechas con Don Berna.
La pregunta a hacerse es si todo este suceso de la desaparición y captura de Don Berna no es más que otra de las ya acostumbradas cortinas de humo del Señor Presidente y su equipo de asesores, con el único fin de desviar la atención en torno a su ambición desmedida de ser reelegido y mientras se disipa, aprovechar la confusión para confeccionar nuevas artimañas legales que le permitan permanecer en su cargo.

Y como guinda en copa de helado, se conoce los resultados del Primer Congreso Nacional del Polo Democrático Independiente, en el que se eligió como candidato a la próxima ronda presidencial a uno de los hombres más representativos de la izquierda colombiana y que en 1990 (con 740.000 votos – 12,5% de la votación), se disputó el derecho de ser elegido como presidente después de la muerte de Carlos Pizarro León Gómez: el señor Antonio Navarro Wolf.

No es por ir en contra de la izquierda colombiana ni mucho menos, pero considero que a pesar de lo políticamente acertado que puede significar para los militantes del PDI la elección de Navarro como candidato a la Presidencia de la República, su trabajo no será fácil.

Para empezar, debe garantizar que los seguidores de Samuel Moreno Rojas y Guillermo Alfonso Jaramillo, precandidatos del partido y con los que tuvo sendos enfrentamientos en el proceso interno del PDI, le acompañen en las urnas en las próximas elecciones. Y como si esto fuera poco, darle al Polo Democrático Independiente el mismo estatus político del que gozan los lulistas brasileños y los socialistas chilenos que en definitiva es lo que la gran mayoría de opositores del actual gobierno esperan.

Los avatares bipartidistas, las prebendas del los gobernantes de turno, el irrespeto de los electores por parte de los elegidos y la desconfianza sembrada por quienes se abanderan de la lucha contra la corrupción y la politiquería para abandonar dichas huestes una vez llegan a la Casa de Nariño, han vuelto más sigilosos a los votantes.

El modelo de hacer política en Colombia está en mora de replantearse con alternativas ideológicas reales y gallardía para contendores y seguidores, propendiendo por la consolidación real de una cultura política colombiana que no se fíe nunca más de discursos sonoros y vibrantes que esconden mentiras, farsas oportunistas que han matado los ideales de un país y no buscan cosa distinta que el interés mezquino de llegar al poder.

Si hemos de ser democráticos al punto de sentir el mismo orgullo de la Ministra Barco, sirvamos entonces a la democracia, pero no a esa democracia de forma que hemos vivido durante los últimos 30 años. Se trata de que sirvamos a la democracia que redima a las mayorías, tanto en lo ideológico como en lo económico y lo social. Ya basta de ver a los electores como una raza inferior. Es hora de defender nuestra libertad política y prepararnos para una nueva etapa de realizaciones colectivas, en la que nos daremos libremente nuestro propio gobierno.

Que sea esta la enseñanza que dejemos a quienes más adelante se atrevan a hurgar en el pasado de la democracia colombiana y como una sola voz, coreen en todo momento y lugar el orgullo de sentirse democráticamente colombianos.

Señor Presidente, Honorables Ex presidentes, Respetables Candidatos, sin el imperio de sus ideas Colombia no se desquiciará.
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